Estando en un restaurante, esperando mi orden, salió toda la
indignación que hay en mí; yo que tanto defiendo a los medios en las charlas
con mis amigos. Hasta el momento decía que la posición de los medios es vender
y que un noticiero no es otra cosa que las dos tapas de un sandwish donde lo
único que importa es la publicidad pero argumentaba que hay ética detrás de las
notas periodísticas en donde se sobrepone la intención de informar.
En mi argumento, en el fondo, tenía esperanza que las empresas periodísticas
le pusieran a las noticias un poco de eso que nos enseñaron en la escuela,
creía que algunos directores de medios tenían aún un poco de carácter periodístico.
Pero hoy viendo cómo cubrían la noticia desde el Táchira, como llenaban de
miseria la pantalla y como un periodista, mientras alguien por el interno le
gritaba que llenara, trataba de entrevistar a un pobre parroquiano con un
armario al hombro, saltó mi indignación.
Ya había saltado antes cuando salía “Juan Diego”, pidiendo
noticias por celular, llevando lo que estudié, esto por lo que me he esforzado,
al punto de “cualquiera puede ser periodista”, como si nuestro saber no
sirviera para nada, como si por la calle uno se encontrara avisos del siguiente
porte: “siga a nuestra odontología ortosonrisa porque cualquiera puede ser
odontólogo”. Pero esto ya es la puta tapa. (Perdón por el adjetivo pero es el
único que encaja a tan indignante situación).
He pensado muy bien y la próxima vez que alguien me pregunte
sobre mi profesión diré que estudié Filosofía, como en efecto lo hice, ¿por qué?
Porque noticieros como Caracol Noticias dañan la profesión. ¿Cómo es posible
que se dediquen a mostrar el ‘drama humanitario’ de las familias deportadas, mostrando
cambuches empobrecidos por la necesidad en Norte de Santander, sin entender
cómo funciona el contrabando?, acaso cabe en la mente un noticiero que debe coger,
para llenar, a un hombre cargando un
armario en las espaldas para ‘cubrir’ la
noticia, en vivo y en directo. El hombre botando la lengua y el periodista
preguntándole ¿Cómo fue su deportación?, ¿desde dónde viene? (Recuerdo un
chiste de Alerta: -¿y qué sintió cuando le metieron el tiro?, -una alegría la
hijueputa)
El amarillismo no debería ser la regla del periodismo, la
crisis en la frontera es una noticia que hay que cubrir, por su puesto, pero no
de esa manera sensacionalista, mostrando niños acostados en los cambuches,
mostrando la miseria del paso, mostrando eso que en la comunidad de nuestras
casas nos dedicamos a decir “terrible el drama de esas familias ¿no?”.
No entiendo cómo este país ha rebajado la profesión a la
poca profundidad y a la opinión maniquea, que Maduro es el malo y Colombia la
buena, que Santos es un arrodillado a las Farc y a Maduro, que el único
salvador es “Uribe”. Posiciones propiciadas por los medios que mantienen la
constante excitación de las personas, de los habitantes, ¿para qué? No es para,
como todos dicen, mantener al país en vilo y que se olvide de sus problemas; es
para una razón más sencilla, tener raiting.
El periodismo antes de nuestra época, si bien tenía sus
problemas, como la infiltración del narcotráfico para justificar lo
injustificable, se hacía contrastando fuentes y se tenía una regla general hay
que saber de lo que se está hablando para no salir al aire a decir tonterías.
Hoy se dicen tonterías para que nadie sepa lo que pasa.
Que tristeza recordar los noticieros de las 6 y 7 de la
noche cuando apenas teníamos dos canales, que sí que había filiaciones
políticas, que algunos noticieros ignoraron el asunto de Samper (un elefante
que ya no está en Casa de Nariño y se convirtió en un pulpo que ha permeado
hasta las esferas diplomáticas), que algunos otros noticieros no publicaron el
desastre que implicó la apertura económica, todo eso lamentable, claro, pero
cada nota tenía un sentido de la profundidad y del compromiso con la
información.
Muchos pueden decir que la lógica de los noticieros antiguos
de tener filiaciones políticas llevaba al sesgo de la información, pero no hay
sesgo más grande que rendirse ante el raiting, donde lo que vende es lo que
sale y las noticias, de minuto treinta, se hacen cada momento más vagas y menos
informativas.
Hemos llegado a un punto en donde perdimos el norte de lo
informativo y vamos en el camino de lo sensacionalista, camino de la debacle,
de la pérdida. Hoy me di cuenta que mi destino no debe estar en los medios
colombianos y lucharé por ello, porque (y espero que la vida no me castigue)
sería un infierno cubrir para un medio teniendo un apuntador en el oído que me
diga “coja al tipo del cajón”.
¿Así no Maduro?, Así no Caracol.